Valera Marzo de 2016.
Felipe
Colménter
EL ADIOS ETERNO A
RAMÓN PALOMARES.
Apenas al
despuntar el alba, como era su costumbre, se atavió y se marchó. Pienso, pues
así lo creo, que ya conocía el camino por donde transitó Polimnia, Laurencio y
Don José. Se fue yendo despacito, pasitico, para no alarmar ni alborotar la
estancia. Se marchó como vivió, a la calladita, sin trasmutar el vecindario,
aunque él, durante su existencia, había traspuesto el mundo y su algarabía de
escritor y de poeta se escuchaba por doquier, así no más, enmudeció, el que con
sus poemarios sobre la Comarca Escuqueña la había universalizado. Ya no era la
Roma de paja, si no el Escuque del verbo.
Ramón
Palomares, nació cuando concluía la férrea dictadura gomecista y muere cuando
está por fenecer otro período de ignominia. En su transitar por la docencia
deslumbró a sus participantes con su elocuencia. En su obra de escritor se
narran las vivencias, sufrimientos, alegrías y sentimientos de los habitantes
de cualquier poblado, de tal modo que se hace cosmopolita el sentir, el
compartir y el comprender las vicisitudes y alegrías de los paisanos. Había
triunfado dentro y fuera del país, aun así, su talante no había cambiado era
sencillo por naturaleza y esencia. Le vi, muchas veces, recorrer el pueblo con
sus soliloquios, con un sonreír sincero, como quien deambula sólo interesado en
el pensamiento, en lo grande, en lo hermoso. El caminante con quien tropezara,
en su quehacer creativo, simplemente era ignorado, no por desprecio, si no por
estar imbuido en ese frenesí placentero de las luchas de las musas por la originalidad
de su creación. En Su afán por estudiar y comprender la naturaleza le llegué a
ver, alrededor del Grupo Escolar Eduardo Blanco, con un escalpelo y una lupa
observando las flores y las plantas y escudriñando el transitar de bachacos y
hormigas en sus autopistas terrosas, el constante salto de los grillos y el
inacabado y entretenido tejer de las arañas de su red de cacería y vivienda! En
tiempos de estudiantes en Mérida, en una ocasión, nos dio la colita para
Escuque, en su viejo wolswagen, a Milito y a mí, y nos espetó: “A mí no me
gusta carretear o darle la cola a nadie ya que interfieren con lo que quiero
observar y con el extasis que siento al contemplar las bellezas del páramo, los
traigo porque son Ustedes” y fue el viaje más silencioso y aburrido que hayamos
emprendido, nos mirábamos, nos reíamos y solamente hablamos cuando se detenía a
observar algo interesante. A esa edad uno piensa en locura, que ignorantes, y
jamás ni nunca, le pedimos más la cola ni de Escuque a Valera.
Hoy, los
habitantes de Escuque amanecieron hablando bajito, el río golondrino acalló el
ruido del caudal entre piedras y hojarascas, la vegetación quedó como aterida y
los pájaros y las chicharras silenciaron el concierto de sus chirridos y sus
flautas. Paz a su Alma!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario